Los niños estan sufriendo en sus propias casas Posted on February 4, 2026July 25, 2026 By Alejandro Riano Esta no es una opinión. Es una alerta. Y como todas las alertas incómodas, llega antes de que los datos se vuelvan “suficientes” para que alguien decida actuar. El gran problema de las estadísticas es que siempre llegan tarde. Para que algo importe, debe ser masivo. El COVID no fue pandemia por tres personas enfermas; necesitó miles de muertos para que el mundo se detuviera. El nombre “pandemia” se construyó sobre ataúdes. Sobre muchos “muerticos”, como si el diminutivo hiciera menos grave la tragedia. La diferencia —y la ventaja— que tengo es esta: mis fuentes no están sentadas detrás de un escritorio. Están en el campo de batalla. Ojalá lean esto quienes trabajan con niños. Profesores, orientadores, líderes comunitarios, padres atentos. Porque lo que está pasando no hace ruido. No grita. No sale en titulares grandes. Los niños —sean hispanos o no— están sufriendo en silencio. Basta mirarlos con atención: el “estoy bien” automático, sin sonrisa; la mirada que esquiva los ojos para que no se le escape una lágrima; la madurez forzada de quien decide callar para no preocupar a unos padres que ya están rotos por dentro. Ellos cargan un peso que no les corresponde. Sufren porque ven sufrir. Se tragan el dolor porque creen que así protegen. Y lo más cruel es que incluso los lugares donde deberían pedir ayuda también están desbordados. Están entre la espada y la pared. Hablar de emociones suena bonito… hasta que toca pagarlas. No hay dinero, no hay seguro médico, y muchas veces hay demasiado miedo para decir en voz alta: necesitamos ayuda. Ahora vienen los datos. El número de intentos de suicidio en menores de 18 años está aumentando lentamente. No lo leí en un informe frío; me lo dijo una fuente desde una sala de emergencias. En los adultos, el suicidio más común hoy es el financiero. Ya lo vimos antes. Pasó en la Gran Depresión. La historia no se repite por casualidad: se repite porque no aprendemos. Las casas se han convertido en polvorines emocionales. Por eso las escuelas —la segunda casa— deberían ser refugio, no solo lugar de exámenes. Pero ni ellas dan abasto frente a una transición de país que infectó hogares con ansiedad, miedo, depresión y violencia. Hace semanas, una profesora local me dijo algo que todavía retumba: “Los niños ya no volvieron. Tienen miedo de que cuando regresen, sus padres ya no estén.” Le pedí un porcentaje, así, a vuelo de pájaro. Me dijo: “Un 50%”. Hoy estoy buscando confirmación directa en los distritos escolares. No para escandalizar, sino para dejar de negar. Y cuando uno cree que ya no puede empeorar, empeora. En una entrevista reciente con UNIDOS, su directora, Virginia Gittens, confirmó que en 2025 se triplicaron las llamadas a la línea de ayuda. ¿El abuso que más creció? Abuso sexual en menores. La pregunta es dura, pero necesaria: ¿Con quién se desquitan muchos padres cuando todo se desmorona? Con los niños. Entonces, ¿qué hacemos? No mañana. No cuando haya fondos. Ahora. 1. Personas emocionalmente fuertes y entrenadas deben abrir espacios privados para escuchar. A niños y a padres. Escuchar ya es una forma de salvar. 2. Hay que ponerse visibles. Una camiseta, un aviso, un post que diga: aquí puedes hablar. Psicólogos, terapeutas, gente con experiencia: es momento de salir al frente, aunque sea de forma voluntaria. 3. Crear planes seguros, confidenciales y anónimos. Sin plan, no hay salida. 4. Preparar a jóvenes en primeros auxilios de salud mental. Ellos detectan antes que nadie cuando un compañero se está quebrando. 5. Los centros comunitarios deben habilitar espacios silenciosos y privados. No todo se sana en una cafetería. A veces basta una habitación, agua, pañuelos, música suave… y permiso para llorar. Este plan improvisado viene de la experiencia, sin ningun protocolo, pero podemos mejorarlo entre todos. Nuestros niños están bajo ataque emocional. Y cuando los niños caen, no hay discurso político que salve el futuro. Las comunidades no solo deben protegerlos. Deben defenderlos. Son el futuro. Soy #AlejandroRiaño. No muevo estadísticas: muevo corazones con palabras. Un abrazo, y toda mi solidaridad, desde Wisconsin Compártelo First name Email I accept the privacy policy Impacto Opinion Periodismo abuso sexualinfantil
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