Los Secretos de los gatos 😍 Posted on April 15, 2026August 31, 2026 By Alejandro Riano Los gatos no caminan… aparecen. No es lo mismo. Caminar es de los humanos. Aparecer es de los que entienden cómo moverse entre lo visible… y lo que uno prefiere no nombrar. Aprendí a no hacer ruido mientras camino de ellos. Los gatos tienen su algo. Ese “algo” que no se explica, pero se siente. Una mirada que no te atraviesa… te descifra. Una cola que no se mueve… te mide. Y un ronroneo que no es sonido: es una vibración tibia, pegajosa, que se te mete en el pecho como si supiera exactamente dónde estás cansado de fingir que todo está bien. Yo tengo gatos desde antes de entender la vida. Caminaba en el llano —pequeño, libre, sin miedo— acompañado por un perro y un gato. Pero el que vigilaba no era el perro. Era el gato. Mi mamá decía que espantaba culebras… y uno crece pensando que eso es instinto, hasta que la vida le enseña a sospechar: ¿y si no eran solo culebras? Tenía menos de 3 años… y ya alguien —o algo— estaba pendiente de mí sin hacer ruido. Después vino otra etapa. Más grande, más ingenuo. A mi gato favorito le conseguí una gata persa… divina, elegante, casi perfecta, como si no fuera de este plano. Y de ahí salieron cinco más. Cinco pequeñas presencias que llenaban la casa, pero nunca el espacio… porque los gatos no ocupan lugares: los cargan de energía. Y aprendí algo raro: la única forma de tenerlos todos cerca… era cuando yo estaba mal. Enfermo. Débil. Vulnerable. Ahí sí aparecían. Se acomodaban alrededor como si supieran que algo invisible estaba pasando. Como si mi cuerpo fuera un campo de batalla silencioso… y ellos, sin uniforme ni ruido, estuvieran sosteniendo la línea. Luego la vida siguió. Me casé. Me fui. Ellos se quedaron. Y con los años… se fueron apagando uno a uno. No con drama. Los gatos no hacen ruido ni para irse. Pero el misterio… ese no se fue. Un gato es raro. No raro de curioso… raro de inexplicable. Se quedan mirando esquinas vacías. Persiguen cosas que no existen. Saltan, reaccionan, se erizan… frente a lo que tú juras que no está. Yo también pensé: “son moscas invisibles”. Hasta que uno crece… y entiende que tal vez el invisible… es uno. Porque ellos sí ven. No solo mejor… distinto. Ven en la oscuridad, sí —gracias a esa capa en sus ojos que refleja la luz—. Escuchan frecuencias que nosotros ni registramos. Sus bigotes sienten vibraciones que flotan en el aire como susurros sin idioma. Pero eso explica el “cómo”… no el “qué”. Y ahí empieza lo incómodo. Porque hay momentos —sobre todo en casas viejas— donde el aire se siente más denso. Donde el silencio no es silencio… es presencia. Y ahí están ellos. Quietos. Observando. Como si entendieran el mapa de algo que tú apenas empiezas a sospechar. No son mascotas. Son guardianes… pero no de la casa. De algo más profundo. Más sutil. Más antiguo. Por eso son independientes. Porque el que ve más… no pide permiso. Ellos deciden cuándo te acercas, cuándo te aceptan, cuándo te ignoran. Y si te haces el confiado… te sueltan una cachetada elegante que no duele en la piel… pero sí en el ego. La historia tampoco ayuda a calmarnos. En el Antiguo Egipto, los gatos no eran “animalitos tiernos”. Eran sagrados. La diosa Bastet —cuerpo de mujer, cabeza de gato— protegía el hogar, la fertilidad… y también expulsaba lo oscuro. No era dulzura. Era equilibrio con garras. Matar un gato en esa época… era pagar con la vida. Los momificaban. Les hacían cementerios. Les rendían culto. ¿Tanto amor… o tanto respeto por algo que no se entendía del todo? Hoy la tecnología mide, analiza, explica… pero no se atreve a ir más allá. Porque ¿cómo inviertes millones en probar algo que no puedes ni nombrar sin que te miren raro? Mientras tanto, los gatos siguen haciendo lo suyo. Detectan cambios en el ambiente. Perciben cuando alguien llega con algo pesado encima —emocional, energético, lo que quieras llamarlo—. En ese mundo que algunos llaman espiritual, otros cuántico… hay cosas que no necesitan tu permiso para existir. Energías que no son tuyas, ni mías. Que flotan. Que se pegan. Que esperan. Y ellos… parecen saber exactamente qué hacer con eso. Hay miradas de gato que no son hacia ti. Son a través de ti. Como si vieran algo detrás… o dentro. Y ahí… se te eriza algo que no sabías que tenías. Pero igual seguimos. Haciendo chistes. Subiendo fotos. Diciendo “ay qué lindo”. Hasta que un día… te acercas. Y en lugar de acariciarlo… haces lo que hacemos los que intuimos que hay algo más: te acercas y lo saludas tocandose nariz con nariz. Un saludo felino. Sin palabras. Sin lógica. Solo reconocimiento. Porque en el fondo… uno no tiene gatos. Uno convive con ellos. Aprende de ellos. Hasta se va pareciendo a ellos. Y a veces… es protegido por ellos sin darse cuenta. Si quieren un día nos reunimos en un bar y contamos historias de gatos. Historias que empiezan con risa… y terminan con ese silencio donde nadie quiere ser el primero en admitir lo que ha visto. ¿Les gustaría escuchar más? Soy Alejandro Riaño… escribiendo sobre los felinos que te observan… mientras tú sigues convencido de que no hay nada ahí. Los gatos no caminan… aparecen. No es lo mismo. Caminar es de los humanos. Aparecer es de los que entienden cómo moverse entre lo visible… y lo que uno prefiere no nombrar. Aprendí a no hacer ruido mientras camino de ellos. Los gatos tienen su algo. Ese “algo” que no se explica, pero se siente. Una mirada que no te atraviesa… te descifra. Una cola que no se mueve… te mide. Y un ronroneo que no es sonido: es una vibración tibia, pegajosa, que se te mete en el pecho como si supiera exactamente dónde estás cansado de fingir que todo está bien. Yo tengo gatos desde antes de entender la vida. Caminaba en el llano —pequeño, libre, sin miedo— acompañado por un perro y un gato. Pero el que vigilaba no era el perro. Era el gato. Mi mamá decía que espantaba culebras… y uno crece pensando que eso es instinto, hasta que la vida le enseña a sospechar: ¿y si no eran solo culebras? Tenía menos de 3 años… y ya alguien —o algo— estaba pendiente de mí sin hacer ruido. Después vino otra etapa. Más grande, más ingenuo. A mi gato favorito le conseguí una gata persa… divina, elegante, casi perfecta, como si no fuera de este plano. Y de ahí salieron cinco más. Cinco pequeñas presencias que llenaban la casa, pero nunca el espacio… porque los gatos no ocupan lugares: los cargan de energía. Y aprendí algo raro: la única forma de tenerlos todos cerca… era cuando yo estaba mal. Enfermo. Débil. Vulnerable. Ahí sí aparecían. Se acomodaban alrededor como si supieran que algo invisible estaba pasando. Como si mi cuerpo fuera un campo de batalla silencioso… y ellos, sin uniforme ni ruido, estuvieran sosteniendo la línea. Luego la vida siguió. Me casé. Me fui. Ellos se quedaron. Y con los años… se fueron apagando uno a uno. No con drama. Los gatos no hacen ruido ni para irse. Pero el misterio… ese no se fue. Un gato es raro. No raro de curioso… raro de inexplicable. Se quedan mirando esquinas vacías. Persiguen cosas que no existen. Saltan, reaccionan, se erizan… frente a lo que tú juras que no está. Yo también pensé: “son moscas invisibles”. Hasta que uno crece… y entiende que tal vez el invisible… es uno. Porque ellos sí ven. No solo mejor… distinto. Ven en la oscuridad, sí —gracias a esa capa en sus ojos que refleja la luz—. Escuchan frecuencias que nosotros ni registramos. Sus bigotes sienten vibraciones que flotan en el aire como susurros sin idioma. Pero eso explica el “cómo”… no el “qué”. Y ahí empieza lo incómodo. Porque hay momentos —sobre todo en casas viejas— donde el aire se siente más denso. Donde el silencio no es silencio… es presencia. Y ahí están ellos. Quietos. Observando. Como si entendieran el mapa de algo que tú apenas empiezas a sospechar. No son mascotas. Son guardianes… pero no de la casa. De algo más profundo. Más sutil. Más antiguo. Por eso son independientes. Porque el que ve más… no pide permiso. Ellos deciden cuándo te acercas, cuándo te aceptan, cuándo te ignoran. Y si te haces el confiado… te sueltan una cachetada elegante que no duele en la piel… pero sí en el ego. La historia tampoco ayuda a calmarnos. En el Antiguo Egipto, los gatos no eran “animalitos tiernos”. Eran sagrados. La diosa Bastet —cuerpo de mujer, cabeza de gato— protegía el hogar, la fertilidad… y también expulsaba lo oscuro. No era dulzura. Era equilibrio con garras. Matar un gato en esa época… era pagar con la vida. Los momificaban. Les hacían cementerios. Les rendían culto. ¿Tanto amor… o tanto respeto por algo que no se entendía del todo? Hoy la tecnología mide, analiza, explica… pero no se atreve a ir más allá. Porque ¿cómo inviertes millones en probar algo que no puedes ni nombrar sin que te miren raro? Mientras tanto, los gatos siguen haciendo lo suyo. Detectan cambios en el ambiente. Perciben cuando alguien llega con algo pesado encima —emocional, energético, lo que quieras llamarlo—. En ese mundo que algunos llaman espiritual, otros cuántico… hay cosas que no necesitan tu permiso para existir. Energías que no son tuyas, ni mías. Que flotan. Que se pegan. Que esperan. Y ellos… parecen saber exactamente qué hacer con eso. Hay miradas de gato que no son hacia ti. Son a través de ti. Como si vieran algo detrás… o dentro. Y ahí… se te eriza algo que no sabías que tenías. Pero igual seguimos. Haciendo chistes. Subiendo fotos. Diciendo “ay qué lindo”. Hasta que un día… te acercas. Y en lugar de acariciarlo… haces lo que hacemos los que intuimos que hay algo más: te acercas y lo saludas tocandose nariz con nariz. Un saludo felino. Sin palabras. Sin lógica. Solo reconocimiento. Porque en el fondo… uno no tiene gatos. Uno convive con ellos. Aprende de ellos. Hasta se va pareciendo a ellos. Y a veces… es protegido por ellos sin darse cuenta. Si quieren un día nos reunimos en un bar y contamos historias de gatos. Historias que empiezan con risa… y terminan con ese silencio donde nadie quiere ser el primero en admitir lo que ha visto. ¿Les gustaría escuchar más? Soy Alejandro Riaño… escribiendo sobre los felinos que te observan… mientras tú sigues convencido de que no hay nada ahí. Compártelo First name Email I accept the privacy policy Espiritualidad Experiencias gatoshistoriasSecretos de los gatos
Experiencias Soy un polímata Posted on August 8, 2026 Aunque la palabrita polímata suena a nombre de villano de serie —como “El Polímata: experto en todo… menos en pagar impuestos”—, tranquilos, no es un asesino en serie ni un policía corrupto. Es peor… piensa demasiado Y sí, soy uno. Toda mi vida he sido un explorador de todo. Pero… Compártelo Read More
Experiencias Botar las fotos? Posted on January 19, 2026January 19, 2026 En psicología existe una recomendación terapéutica bastante común cuando alguien sufre una pérdida, termina una relación o atraviesa un trauma: borrar, botar o eliminar todo aquello que recuerde a esa persona o situación, especialmente si duele. La idea es sencilla: si duele, aléjalo. El “problema mío” es que yo no… Compártelo Read More
Espiritualidad El “Poder de las Palabras” Posted on April 22, 2025May 19, 2026 Cada día más “la palabra” y como la eleves al valor de lo invaluable, es clave. Yo he tenido momentos donde eventos, presentaciones, negocios y arreglos han salido adelante porque creyeron en lo que les decía. Mi ex suegra Olga me regaló un murito de decoración que le saqué una… Compártelo Read More